26 jul. 2007

Viaje a Sao Paulo, Brasil: La obaachan - Eternizando Momentos 025




Diogo se casaba y no dude en ir a visitarlo. En el aeropuerto de San Pablo me esperaba su hermana Lia para viajar una hora más a la ciudad de Atibaia. La memoria me había vuelto a jugar una mala pasada. Pensé que mi amigo seguía viviendo en San Pablo, y no que había regresado a su campestre ciudad natal. Pensé entonces que pasar cinco días sumido en la pasividad del campo brasilero iba a ser aburrido, y hasta contraindicado para mi stress laboral y familiar. De todas maneras me contente pensando que lo mas lindo era volver a ver a mi gran amigo que hice en Japón, y acompañarlo en un momento tan importante de su vida.
Llegamos a la casa y él todavía no estaba, su novia Satomi tampoco y no los vería hasta la noche. La nueva casa donde yo iba a dormir estaba prácticamente vacía y al lado vivía una de sus abuelas que yo no conocía. Fui invitado a almorzar y al modo japonés quien nos servía no comía. Mientras yo permanecía sentado y curioseando cada rincón de la vieja casa, un montón de platitos y fuentes con comida brasilera y japonesa inundaron mis ojos. Tal cual es costumbre en ambas cultura, el arroz era lo principal y luego todo el resto acompañaba.
"¡¿Todo esto hizo la abuela?!", pregunte sorprendidísimo. Así era, todo hecho por las manos de la obaachan ("abuela" en japonés) de ochenta y dos años que desapercibidamente no dejaba de estar atenta a que no faltara nada, sino mas bien que sobrara.
Luego de haber almorzado de lo mejor fui a conocer el campo de la obaachan. No es grande como para necesitar un pelotón de ayuda o una de esas inmensas máquinas agrícolas, pero es gigante para una mujer que vive sola y solo es ayudada por un peón. La abuela planta, riega, cuida, cosecha, vende, cocina, invita, atiende y lava. Es la primera en levantarse antes de las 6 y en los días que estuve yo, era la ultima en acostarse ya pasada la una de la mañana.
En la casa también había primos y tíos de visita. Suelen pasar sus vacaciones ahí, pero esta vez especialmente nadie quería faltar.
Diogo llegó a la noche y otra rica comida de la obaachan nos esperaba. Pescado, carne, pollo, cerdo, feijoada, verduras de todos los colores, hervido y asado, caliente y frió, picante y dulce, salado y amargo, como mínimo había seis opciones en cada comida más todas las combinaciones que cada uno luego quisiera hacer.
El estomago se me iba agrandando, la panza creciendo y perderme una comida de la obaachan era realmente una gran pena.
Cerca de mi departamento, en Buenos Aires, tengo un restaurante abierto 24hs con comidas caseras y ricas. Ese lugar era lo máximo hasta que conocí la casa de la obaachan de Diogo.

Ary

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