10 ago. 2007

Viaje a Sao Paulo, Brasil: Undokai - Eternizando Momentos 029




Al día siguiente del casamiento me tocó correr. Fuimos a un “undokai” (“undo” = ejercicio físico, “kai” = encuentro) y por más que quise escudarme tras mis lentes de aumento y los fotográficos no pude evitar ser llevado a las pistas. Corrí junto a chicos y grandes, salí segundo en la competencia de minigolf y casi casi hice ganar a mi equipo en la carrera de postas. Terminada la última competencia, la cinchada, quedé extremadamente cansado y mareado al punto que tuve que quedarme sentado en el césped. Necesitaba descansar por lo menos diez minutos para recuperar el aliento que había perdido. Volver a correr cual niño pero sin serlo no era tan simple. Pero fue imposible quedarme sentado ya que todos, absolutamente todos, apenas culminó el evento comenzaron a ordenar todo el campo de deportes y el galpón donde se había almorzado. Postes, carpas, sogas, telas, pelotas, banderas, mesas, sillas, sillas, sillas… Todo el mundo, desde el más viejo al más niño cargaban con todo eso hasta el galpón que cuesta arriba los esperaba. Era una vergüenza quedarme sentado, así que cargué una sola silla, todos llevaban de a cuatro, y subí la barranquita. Llegué al galpón y divisé la única esperanza que tenía para poder descansar unos minutos y evitar caer desmayado: el baño. Me senté en el inodoro y sentí el mismo alivio que cuando uno entra ahí luego de haber aguantado rato largo las ganas de justamente sentarse ahí. Al ratito me sentí mejor, pero el lugar estaba muy frío y yo empapado en transpiración, claramente no era un buen lugar para permanecer. Salí tambaleante del baño en búsqueda de sol y aire libre y esperando que ya hubieran acabado con el desarme. No era así, todos seguían cargando cosas y hacia mi se acercaba un viejo empujando una enorme rueda de tractor. El código estaba implícito, llegó hasta mí y me la dio sin emitir palabra. Yo empujaba la rueda, pero la rueda me llevaba. Yo le daba vida pero ella marcaba el camino. Por suerte llegamos a buen destino, ella parecía conocer muy bien el camino a casa, y una vez allí el desarme había culminado.

Ary

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